Minotauro

  

   Soterrada en los antípodas de la psique, se encuentra una bestia maravillosa, formidable en su estructura anatómica. ¡Qué imagen tan paradójica cuando de aquel bello talante, nacen puntiagudas lanzas que se curvan hacia el cielo, arrojan brillos de nobleza y levantan ámpulas de horror. Y qué decir del belfo arquitectónico que tirano rige la violencia del que se hace llamar Minotauro!

    Eteseo tiene un miedo atroz a un algo desconocido que le impide continuar con su vida cotidiana. Él cree, y es muy cierto, que algo anda mal en su conciencia, algo quizás una astilla de la infancia, el incesante bombardeo de catástrofes que anuncian los noticieros por la mañana, la tarde y el día, la violencia de las calles o la impaciencia contenida en un cristal.

     La bestia encaramada se levanta y amenaza emputecida las circunvoluciones cerebrales que la mantienen cautiva. Sus ojos, como febriles  trozos negros de carbón, miran concentrados las paredes que aprisionan la fuerza y la belleza de la escultórica imagen tallada a mano. Carnívora y muda, salvaje y valiente. Perfila sus pitones a la suave y roja carne que lo captura y lo vuelve pesadilla incómoda de un hombre que lo alimenta y le da esplendor.

     Él quiere salir de nuevo, ver la luz del sol, caminar de la mano de su amada Dariana, bailar enloquecido por los beats que emanan de los sintetizadores y los corazones edulcorados bajo la cándida luz de las estrellas, la luna y los cañones que proyectan imágenes psicodélicas en las paredes de los árboles y las carpas de lona blanca. Y probar los cristales. Eteseo quiere volver de nuevo a lo suyo: a sus amigos, a su familia, al ruido de los autos y la banalidad de las plazas… pero ese miedo que le punza en el cerebro, como si fuera semilla incontenible que guarece brotes de licor y las llamas absolutas de la libertad de aquello que es espanto y es alivio.

     Dariana no quiere seguir en ese mundo, no quiere ser cómplice de su locura y decide ofrecer un remedio a su amado Eteseo: Debes, según dice la teoría, descender a tu inconsciente y regresar hasta el recuerdo más puro y níveo, donde la oscuridad engendra sus raíces y mantiene intacta la cordura que se ausenta.

     Eteseo toma sus razones y entiende lógicos sus argumentos. Pero ¿cómo es que no he de perderme? Si en la laberíntica ciudad de mi memoria quizás no haya nunca regreso y quede yo a merced del terrible dolor que es ahora un hierro al rojo vivo.

      Recuéstate aquí, en la tranquilidad de esta alfombra blanca y escucha mi voz, esta voz que dulce te canta con las tristes cuerdas de su corazón, que paciente esperará tu regreso. Ya dentro habrás de tomar la primer nota y atarla en tu cintura. Que las líneas de mis pentagramas sean tu guía para encontrar de nuevo el camino a casa. 

     Sus manos son fuertes y gloriosas, dispuestas al impacto, al desgarre de su huevo, plétora de males antiguos emergidos en la noche del gran baile. ¡Ah, demoniaco cristal, que en tu vientre cargabas los sonidos de mi belfo!- bufa Minotauro- ¡Déjame romper tu encanto para liberar mis piernas y mis brazos y estos cuernos que denotan tu maligno equilibrio! Minotauro toma impulso y arroja su cuerpo contra el muro que es su cielo enardecido.

     Dariana contempla hermoso a su amado Eteseo y aterrada observa el cuerpo que de un momento comienza a convulsionar. Dariana llora y despide ríos sin dejar de cantar. Amorosa, se concentra y destina en su garganta el carrete del que depende la vida de Eteseo.

     Terremotos y deslaves ocurren en la ciudad de su memoria, y Eteseo continúa su trayecto, desciende más y más por el despeñadero de su Yo. Se encuentra al perro llamado Zafiro, la lámpara sorda perdida en alguna excursión, la furia de su padre que sonrojaba sus blandas nalgas, el suéter regalado por su tía Eulogia y tantas y tantas cosas más perdidas en el sótano de la intrascendencia. El paisaje se torna morado y a las nubes les brotan pelos verdes: Las barbas del Diablo, se escucha la voz de la abuela Virginia, muerta años atrás. Ahora el cielo es la señal que indica el punto del dolor, el recuerdo errado.

     Lo primero que ha salido son los cuernos, toma con sus manos la carne mancillada, se empuja hacia fuera, pero al igual que un esfínter, el agujero perpetrado por la violencia de Minotauro se cierra y aprieta, impidiendo así el éxito de la bestia. Es inevitable y cede, se coloca de nuevo ante la grieta y exhibe aún más fuerza, bufa, incendia sus ojos y las piernas lo impulsan, como un pelotón se impacta ansioso para abrir más el boquete que le regala la luz natural del cielo azul.

     Dariana no concibe lo que miran sus ojos y deja de cantar. La frente de Eteseo pareciera agrietarse y rasgarse, en su interior retumba un incesante golpeteo. El agujero cede cada vez más hasta ceder, corrompido por la energía incontenible del hermoso Minotauro. Brotan ahora ríos rojos como lava ardiente que liberada busca el camino hacia cualquier parte. Un dedo de hombre legendario se asoma por el hueco en la frente, y en conducta exploradora se dirige a todas direcciones.

     Eteseo llega a la cárcel de Minotauro y con horror observa su intento de escape. ¿Qué hacer? -piensa Eteseo- ¿Cómo luchar con tal monstruo, en cuyas manos empuña mi paz y en sus cuernos despunta el alivio?. Eteseo toma a Minotauro de los pies y lo jala hacia sí, en el desesperado intento por impedir su escapatoria, y logrando su objetivo, lo tira al suelo. Minotauro se levanta con el cuerpo henchido de ardor y sangre virulenta. Eteseo lo mira, y heróico lo enfrenta, pero es inútil semejante muestra de valor, pues el hombre mitad toro lo embiste y le desentraña.

     Dariana no puede más que tomar la mano de su amado e intenta con desesperación controlar las convulsiones. Pero nuevos ríos de sangre brotan de la boca del que yace ahora muerto y Dariana llora, infinita, el abandono de su querido héroe. Baja su cabeza suavemente hasta posarla en el pecho de Eteseo, con sus ojos puestos en los suyos. Pero algo se mueve, de nuevo el dedo sale por el hueco; ahora son dos, luego tres, cuatro, una mano entera y luego otra. Las manos rompen por completo el cráneo de Eteseo, lo abren como un cascarón lábil al secuestro de esas fuerzas que ahora tienen brazos y dos cuernos. Minotauro emerge despacio de su laberinto de circunvolusiones y recuerdos, ahora esparcidos como una galaxia que flota sobre el llanto de Dariana. Se ve tan hermoso, con un pie sobre la alfombra blanca y otro en la espalda del cuerpo descabezado del derrotado Eteseo.    

© Einar Salcedo

~ por einaroux en Enero 22, 2008.

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