El polvo
El polvo es el abandono, la acumulación de circunstancias.
El polvo nunca está ausente, siempre habrá un resquicio, un recoveco o una conjunción de planos que guardará los despojos, el deterioro de los seres vivos. El polvo es propio y también es ajeno, se cuela por las ventanas y las ranuras de las puertas porque no tiene ni tendrá obstáculos, su particularidad invisible le da libre acceso a las casas, a las cosas y se acomoda tranquilamente en cualquier superficie ya sea plana o rugosa, vertical u horizontal.
Hace poco hice la limpieza exhaustiva de mi casa y el polvo yacía dormido en los lugares más insospechados: los marcos de las puertas, los cortineros y las cortinas, en los bordes de los zapatos que hace mucho no usaba, en las hojas de las plantas, en las gomas de los lápices… Sacudir y barrer, tomar un trapo húmedo para adherir hasta la más mínima partícula y bajo el chorro del agua desecharlas por la coladera… Dicen que la limpieza un ritual, lavar toda la ropa, hasta la limpia, lavar a cubetadas los pisos y tallar con mucho jabón, tomar cada libro y remover los abandonos. Después reacomodar los muebles, redecorar y ventilar… Ahí viene de nuevo el polvo, el que invito a mi casa para que ésta deje de ser una mera maqueta de mis ideales, una falsa representación de la armonía que sólo se ve en las revistas con sugerencias decorativas para nouveaux riches.
Las casas viejas están cubiertas de polvo, las antigüedades huelen a polvo. El polvo está constituido por las células muertas de la piel, resabios de las noches solitarias, del tiempo que ha vencido y renovado; memorias de carne polvorón, rastros del derrumbe de la continuidad.
Hace poco hice la limpieza exhaustiva de los objetos amontonados tras la locura de los días ocupados; veía las maletas y los enchufes, los barrotes de las ventanas y las cruces de talavera que están en la sala, todo grisáceo, opaco, triste…
Quentin Crisp decía que a él no le gustaba sacudir, porque a fin de cuentas el polvo seguía apareciendo y no dejaría de hacerlo y según él, después de diez años el polvo deja de aumentar su volumen, por eso su casa era un comedor gigantesco de ácaros y pulgones y por doquier surgían nubecillas grises.
El abandono es una tristeza que va desmoronando el espacio donde vive, lo erosiona y lo deviene respirable. Oler la tristeza, respirar sus escombros; muy común es la picazón en la piel cuando el polvo se agita y se deposita en el cuerpo, quizás sea la melancolía de los recuerdos que intentan inocularse por los poros para volver a vivir o ser revividos, aunque sea inútil. Mirar el paisaje cubierto de talco gris es triste, porque la mecedora se mueve con la abuela que teje un suéter rojo, los tapices brillan por la luz dorada de los candelabros, las flores de seda parecen frescas pero todo está envuelto, guardado en la sutil ausencia de la alegría.
Mira esa naturaleza muerta, la hice cuando estudiaba pintura en La Esmeralda, tiene algo raro, parece polvo, hay que sacudirla, pero el polvo está en la pintura, ya es parte del paisaje taciturno, como aquel que pintó Efraín Huerta en Mi prima Águeda: “Águeda era (luto, pupilas verdes y mejillas rubicundas) un cesto policromo de manzanas y uvas en el ébano de un armario añoso”
© Einar Salcedo

el polvo, lo ínfimo, nunca desaparece, es un puro producirse y desplazarse, inmortal…
gran cuento! felicitaciones…
saludos!
gracias por alimentar un poco a este ignorante. felicidades