Ashes and Snow, ¿será por lo light?

•marzo 8, 2008 • Dejar un comentario

     Eran las once de la mañana de un miércoles capitalino. El Centro Histórico bullía, había gente que caminaba por todos lados, hacia todas direcciones. Yo me dirigía al Zócalo para ver una de las exhibiciones de arte más mencionadas y que dicen, acá en México cada día rompe récord de entradas.

     En sí, el armatoste arquitectónico es impresionante, pareciera que un barco carguero que navegaba entre las nubes hizo una parada necesaria (considero necesaria), y depositó ahí un contenedor que aloja dos galerías y tres teatros o salas de reproducción de video. Eran las once de la mañana y me tocó empezar la fila enfrente de la Catedral, osea, media vuelta al Museo Nómada. Tardé poco menos de una hora para entrar. Es curiosa la experiencia, porque uno está afuera esperando, bajo el sol que destella por todas partes, con el ruido de los automóviles, de la gente, el aire viciado, la Ciudad de México… al entrar el mundo se fragmenta o uno se mimetiza o uno se fuga, pero la luz al interior del Museo es tenue en contraste con el exterior, y poco a poco las pupilas se dilatan para mirar con detalle lo que sucede ahí dentro. Fotografías de aproximadamente 2×3 mts. impresas en papel de algodón y viradas al sepia (y uno comienza a sospechar). Fotografías de elefantes, elefantes con niños, niños con elefantes y el elemento principal, el hilo conductor, el mensaje, al menos para mí, el principal: el agua. Además de la iluminación y la estructura hecha con bambúes, debajo de las fotografías hay agua. Desgraciadamente el día que fui no estaba circulando el agua, estaba estancada y llena de burbujas, de las que una mujer comentó: “qué gente tan sucia, escupieron ahí dentro”; pero no, era agua muerta, tal cual. También hay música, creo que uno de los ejecutantes es Nuzrat Fateh Ali Kahn, pero no estoy seguro de ello.

     Sólo hubo una fotografía que realmente me gustó por su composición y la simbología que después y por desgracia, será explicada en la película: una mujer dentro de un estanque tiene un libro abierto, al parecer ora. Enfrente de ella hay un elefante mojado, recostado en el estanque, parece negro, parece nube y las nubes del cielo se reflejan en el agua. Las demás imágenes se tratan de lo mismo. En fin, que la cosa comienza a volverse trillada, es un lenguaje que parece tartamudeo o mantra que termina por aburrir, por volverse gratuito por la cantidad de efectismos que el señor Gregory Colbert utiliza para conmover; porque la fórmula más sencilla para mover corazones y atraer público consiste en juntar animales, niños y música post new wave. Porque si bien es cierto que hay una necesidad espiritual y una carencia de fe, cualquiera que ofrezca una pizca de sensiblería, ganará un buen público.

     Pero no todo es negativo en esta exposición, lo que más me llamó la atención fue el efecto en la gente, el fenómeno social, ese sí era para erizar los pelos y ponerse a pensar seriamente, primero, en uno como individuo y segundo, como parte de una comunidad que se llama Planeta Tierra. Y esto pasó en el largometraje que se proyecta en la nave principal del Museo. Una pantalla tipo cine, al fondo de un galerón que apenas cuenta con unos cilindros en los que el 10% del público se puede sentar. Pero estar de pie no impide entrar en trance y dejarse llevar por el ritmo hipnótico del largometraje que dura poco más de una hora. Una voz narra una historia pequeña de una princesa. Todo gira en torno a la vida, a la tierra y al espíritu. Lo malo de todo esto es que las imágenes de la primera galería se repiten en este largometraje y después se repetirán en la segunda galería, lo que hace que la gente pierda el interés. Pero me centraré de nuevo en el fenómeno de la congregación del público para observar un largometraje que lanza anzuelos y se fijan en la carencia. Al principio había mucho ruido, la gente llegaba, se acomodaba, querían estar más cerca, querían estar cómodos, pero poco a poco se fue haciendo el silencio. Miré a mi alrededor, yo estaba a mitad de la nave, miré hacia atrás y había mucha gente, algo impresionante, y todos en silencio, hasta los niños uniformados que iban en filas indias. Todos. Entré en conflicto, porque al tiempo que criticaba las soluciones visuales y ambientales del lugar, de los textos y demás, también obedecía a una cierta satisfacción, a un aletargamiento que se volvía catártico. El slow motion de las tomas, las caras escogidísimas de los niños, el obvio amaestramiento de los animales, todo para crear un show que pretende ser reflexivo, pero se aguanta precisamente por eso, por tanta gratuidad. El lugar era un templo al que todos asistimos para conversar con nosotros mismos. El lugar se volvió una cápsula de tiempo que nos llevó al futuro y nos vimos abandonados, desterrados de la tierra prometida, contemplando el testimonio de una cámara que evidencia la existencia de los animales que alguna vez habitaron el mundo. El lugar se volvió un útero, un huevo que nos protegía del exterior que nomás de pensarlo ya lastimaba. Y sí, la realidad es brutal, no dejaremos de ser humanos, de tener defectos y arruinarnos a nosotros mismos. Lo digo porque ya avanzada más de la mitad de la película, se suscitó un escándalo: una mujer gritó ¡ayúdenme!, un hombre gritó ¡seguridad, seguridad, seguridad! Y todo se estropeó, se fue al traste, el efecto hipnótico se rompió, la gente se arremolinaba, querían saber qué sucedía, entraban y salía personal de seguridad, pero lo hacían con pisadas fuertes, rompían todo con el eco de los tacones sobre la madera. Al final de cuentas de eso se trata el mundo, pareciera que hay un efecto de somnolencia como placebo, pero siempre llega la brutalidad, la pelea de dos mujeres por ganar un lugar, las guerras, el dinero, el poder, la publicidad, el marketing… Y es que al final de eso se trata. A la salida hay toda una sala específica en la que se venden souvenirs: posters, mouse pads, postales, agendas, reproducciones, catálogos y demás. ¿Interés o no? Merchandising o la autogestión del arte. Que yo sepa, el Museo Nómada es patrocinado por la marca de relojes más cara y exclusiva del mundo Rolex. ¿Entonces?, ¿quién me dice de qué se trata? ¿Debería creer? ¿En qué debería creer, en lo que a mí se me movió, en lo que pensé, en mi crítica, en el efectismo, en el souvenir?

     A todo esto, vale la pena visitar la exposición Ashes and Snow del fotógrafo canadiense Gregory Colbert, con la colaboración arquitectónica del colombiano Simón Vélez, pero no con una venda en los ojos, hay que entrar para mirar, mirar bien y después preguntar, preguntarse, a ver si alguien me responde.

Revista Puntos Suspensivos

•enero 31, 2008 • Dejar un comentario

Pues sí, tengo la fortuna de haber sido publicado en un fanzine apoyado por la beca Edmundo Valadéz. Me ha tocado estar en el número 14 junto con dos grandes promesas, dos hermosas mujeres, dos seres humanos divinos. Lo mío es una carta, a ver qué tal. Descarguen la revista, tiene muy buenas cosas.

http://www.revistapuntos.com/

El brillo de la moneda

•enero 22, 2008 • 2 comentarios

   

  La noche estaba a punto de terminar y sólo quedaba una moneda en el bolsillo de Rogelio. Las mujeres de la casa de Doña Elba no solían corresponder a gratificaciones de baja denominación, pero Rogelio estaba dispuesto a conseguir lo que fuera por el costo de una moneda. Raquel le ofreció una sonrisa, Olivia se volteó con desdén y Patricia soltó una carcajada mientras abrazaba a un trabajador que recién había cobrado la jornada.

     La moneda de Rogelio brillaba con una fuerza que quería ser promesa y valía exactamente una semana de frijoles, tortillas y carbón para mantener a su familia con las barrigas entretenidas.

     Ansioso, con la cerveza que le nublaba las prioridades, se dirigió a cada una de las muchachas, aunque no obtuviera algo más que insultos y burlas.

     Pero fue Esperanza quien  lo viera atolondrado y con la mirada hechizada por el brillo de la moneda, y conmovida en su alma por la estúpida decadencia del hombre, lo invitó a acercársele, le habló al oído y Rogelio estuvo de acuerdo. Colocó su mano en un seno, palpó la curvatura y el volumen, y por acto divino supo entonces lo que debía hacer. Regresó a su casa y fue por su mujer. La llevó del brazo a la casa de Doña Elba, recomendándosela como excelente mucama, aunque lo mejor que sabía hacer era abrir las piernas porque, a decir ella, de esa manera se enriquecía la familia.

© Einar Salcedo

Minotauro

•enero 22, 2008 • Dejar un comentario

  

   Soterrada en los antípodas de la psique, se encuentra una bestia maravillosa, formidable en su estructura anatómica. ¡Qué imagen tan paradójica cuando de aquel bello talante, nacen puntiagudas lanzas que se curvan hacia el cielo, arrojan brillos de nobleza y levantan ámpulas de horror. Y qué decir del belfo arquitectónico que tirano rige la violencia del que se hace llamar Minotauro!

    Eteseo tiene un miedo atroz a un algo desconocido que le impide continuar con su vida cotidiana. Él cree, y es muy cierto, que algo anda mal en su conciencia, algo quizás una astilla de la infancia, el incesante bombardeo de catástrofes que anuncian los noticieros por la mañana, la tarde y el día, la violencia de las calles o la impaciencia contenida en un cristal.

     La bestia encaramada se levanta y amenaza emputecida las circunvoluciones cerebrales que la mantienen cautiva. Sus ojos, como febriles  trozos negros de carbón, miran concentrados las paredes que aprisionan la fuerza y la belleza de la escultórica imagen tallada a mano. Carnívora y muda, salvaje y valiente. Perfila sus pitones a la suave y roja carne que lo captura y lo vuelve pesadilla incómoda de un hombre que lo alimenta y le da esplendor.

     Él quiere salir de nuevo, ver la luz del sol, caminar de la mano de su amada Dariana, bailar enloquecido por los beats que emanan de los sintetizadores y los corazones edulcorados bajo la cándida luz de las estrellas, la luna y los cañones que proyectan imágenes psicodélicas en las paredes de los árboles y las carpas de lona blanca. Y probar los cristales. Eteseo quiere volver de nuevo a lo suyo: a sus amigos, a su familia, al ruido de los autos y la banalidad de las plazas… pero ese miedo que le punza en el cerebro, como si fuera semilla incontenible que guarece brotes de licor y las llamas absolutas de la libertad de aquello que es espanto y es alivio.

     Dariana no quiere seguir en ese mundo, no quiere ser cómplice de su locura y decide ofrecer un remedio a su amado Eteseo: Debes, según dice la teoría, descender a tu inconsciente y regresar hasta el recuerdo más puro y níveo, donde la oscuridad engendra sus raíces y mantiene intacta la cordura que se ausenta.

     Eteseo toma sus razones y entiende lógicos sus argumentos. Pero ¿cómo es que no he de perderme? Si en la laberíntica ciudad de mi memoria quizás no haya nunca regreso y quede yo a merced del terrible dolor que es ahora un hierro al rojo vivo.

      Recuéstate aquí, en la tranquilidad de esta alfombra blanca y escucha mi voz, esta voz que dulce te canta con las tristes cuerdas de su corazón, que paciente esperará tu regreso. Ya dentro habrás de tomar la primer nota y atarla en tu cintura. Que las líneas de mis pentagramas sean tu guía para encontrar de nuevo el camino a casa. 

     Sus manos son fuertes y gloriosas, dispuestas al impacto, al desgarre de su huevo, plétora de males antiguos emergidos en la noche del gran baile. ¡Ah, demoniaco cristal, que en tu vientre cargabas los sonidos de mi belfo!- bufa Minotauro- ¡Déjame romper tu encanto para liberar mis piernas y mis brazos y estos cuernos que denotan tu maligno equilibrio! Minotauro toma impulso y arroja su cuerpo contra el muro que es su cielo enardecido.

     Dariana contempla hermoso a su amado Eteseo y aterrada observa el cuerpo que de un momento comienza a convulsionar. Dariana llora y despide ríos sin dejar de cantar. Amorosa, se concentra y destina en su garganta el carrete del que depende la vida de Eteseo.

     Terremotos y deslaves ocurren en la ciudad de su memoria, y Eteseo continúa su trayecto, desciende más y más por el despeñadero de su Yo. Se encuentra al perro llamado Zafiro, la lámpara sorda perdida en alguna excursión, la furia de su padre que sonrojaba sus blandas nalgas, el suéter regalado por su tía Eulogia y tantas y tantas cosas más perdidas en el sótano de la intrascendencia. El paisaje se torna morado y a las nubes les brotan pelos verdes: Las barbas del Diablo, se escucha la voz de la abuela Virginia, muerta años atrás. Ahora el cielo es la señal que indica el punto del dolor, el recuerdo errado.

     Lo primero que ha salido son los cuernos, toma con sus manos la carne mancillada, se empuja hacia fuera, pero al igual que un esfínter, el agujero perpetrado por la violencia de Minotauro se cierra y aprieta, impidiendo así el éxito de la bestia. Es inevitable y cede, se coloca de nuevo ante la grieta y exhibe aún más fuerza, bufa, incendia sus ojos y las piernas lo impulsan, como un pelotón se impacta ansioso para abrir más el boquete que le regala la luz natural del cielo azul.

     Dariana no concibe lo que miran sus ojos y deja de cantar. La frente de Eteseo pareciera agrietarse y rasgarse, en su interior retumba un incesante golpeteo. El agujero cede cada vez más hasta ceder, corrompido por la energía incontenible del hermoso Minotauro. Brotan ahora ríos rojos como lava ardiente que liberada busca el camino hacia cualquier parte. Un dedo de hombre legendario se asoma por el hueco en la frente, y en conducta exploradora se dirige a todas direcciones.

     Eteseo llega a la cárcel de Minotauro y con horror observa su intento de escape. ¿Qué hacer? -piensa Eteseo- ¿Cómo luchar con tal monstruo, en cuyas manos empuña mi paz y en sus cuernos despunta el alivio?. Eteseo toma a Minotauro de los pies y lo jala hacia sí, en el desesperado intento por impedir su escapatoria, y logrando su objetivo, lo tira al suelo. Minotauro se levanta con el cuerpo henchido de ardor y sangre virulenta. Eteseo lo mira, y heróico lo enfrenta, pero es inútil semejante muestra de valor, pues el hombre mitad toro lo embiste y le desentraña.

     Dariana no puede más que tomar la mano de su amado e intenta con desesperación controlar las convulsiones. Pero nuevos ríos de sangre brotan de la boca del que yace ahora muerto y Dariana llora, infinita, el abandono de su querido héroe. Baja su cabeza suavemente hasta posarla en el pecho de Eteseo, con sus ojos puestos en los suyos. Pero algo se mueve, de nuevo el dedo sale por el hueco; ahora son dos, luego tres, cuatro, una mano entera y luego otra. Las manos rompen por completo el cráneo de Eteseo, lo abren como un cascarón lábil al secuestro de esas fuerzas que ahora tienen brazos y dos cuernos. Minotauro emerge despacio de su laberinto de circunvolusiones y recuerdos, ahora esparcidos como una galaxia que flota sobre el llanto de Dariana. Se ve tan hermoso, con un pie sobre la alfombra blanca y otro en la espalda del cuerpo descabezado del derrotado Eteseo.    

© Einar Salcedo

El polvo

•enero 19, 2008 • 2 comentarios

     El polvo es el abandono, la acumulación de circunstancias.     

     El polvo nunca está ausente, siempre habrá un resquicio, un recoveco o una conjunción de planos que guardará los despojos, el deterioro de los seres vivos. El polvo es propio y también es ajeno, se cuela por las ventanas y las ranuras de las puertas porque no tiene ni tendrá obstáculos, su particularidad invisible le da libre acceso a las casas, a las cosas y se acomoda tranquilamente en cualquier superficie ya sea plana o rugosa, vertical u horizontal.     

     Hace poco hice la limpieza exhaustiva de mi casa y el polvo yacía dormido en los lugares más insospechados: los marcos de las puertas, los cortineros y las cortinas, en los bordes de los zapatos que hace mucho no usaba, en las hojas de las plantas, en las gomas de los lápices… Sacudir y barrer, tomar un trapo húmedo para adherir hasta la más mínima partícula y bajo el chorro del agua desecharlas por la coladera… Dicen que la limpieza un ritual, lavar toda la ropa, hasta la limpia, lavar a cubetadas los pisos y tallar con mucho jabón, tomar cada libro y remover los abandonos. Después reacomodar los muebles, redecorar y ventilar… Ahí viene de nuevo el polvo, el que invito a mi casa para que ésta deje de ser una mera maqueta de mis ideales, una falsa representación de la armonía que sólo se ve en las revistas con sugerencias decorativas para nouveaux riches.     

     Las casas viejas están cubiertas de polvo, las antigüedades huelen a polvo. El polvo está constituido por las células muertas de la piel, resabios de las noches solitarias, del tiempo que ha vencido y renovado; memorias de carne polvorón, rastros del derrumbe de la continuidad.     

     Hace poco hice la limpieza exhaustiva de los objetos amontonados tras la locura de los días ocupados; veía las maletas y los enchufes, los barrotes de las ventanas y las cruces de talavera que están en la sala, todo grisáceo, opaco, triste…     

     Quentin Crisp decía que a él no le gustaba sacudir, porque a fin de cuentas el polvo seguía apareciendo y no dejaría de hacerlo y según él, después de diez años el polvo deja de aumentar su volumen, por eso su casa era un comedor gigantesco de ácaros y pulgones y por doquier surgían nubecillas grises.     

     El abandono es una tristeza que va desmoronando el espacio donde vive, lo erosiona y lo deviene respirable. Oler la tristeza, respirar sus escombros; muy común es la picazón en la piel cuando el polvo se agita y se deposita en el cuerpo, quizás sea la melancolía de los recuerdos que intentan inocularse por los poros para volver a vivir o ser revividos, aunque sea inútil. Mirar el paisaje cubierto de talco gris es triste, porque la mecedora se mueve con la abuela que teje un suéter rojo, los tapices brillan por la luz dorada de los candelabros, las flores de seda parecen frescas pero todo está envuelto, guardado en la sutil ausencia de la alegría.     

     Mira esa naturaleza muerta, la hice cuando estudiaba pintura en La Esmeralda, tiene algo raro, parece polvo, hay que sacudirla, pero el polvo está en la pintura, ya es parte del paisaje taciturno, como aquel que pintó Efraín Huerta en Mi prima Águeda: “Águeda era (luto, pupilas verdes y mejillas rubicundas) un cesto policromo de manzanas y uvas en el ébano de un armario añoso” 

© Einar Salcedo

 
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