Eran las once de la mañana de un miércoles capitalino. El Centro Histórico bullía, había gente que caminaba por todos lados, hacia todas direcciones. Yo me dirigía al Zócalo para ver una de las exhibiciones de arte más mencionadas y que dicen, acá en México cada día rompe récord de entradas.
En sí, el armatoste arquitectónico es impresionante, pareciera que un barco carguero que navegaba entre las nubes hizo una parada necesaria (considero necesaria), y depositó ahí un contenedor que aloja dos galerías y tres teatros o salas de reproducción de video. Eran las once de la mañana y me tocó empezar la fila enfrente de la Catedral, osea, media vuelta al Museo Nómada. Tardé poco menos de una hora para entrar. Es curiosa la experiencia, porque uno está afuera esperando, bajo el sol que destella por todas partes, con el ruido de los automóviles, de la gente, el aire viciado, la Ciudad de México… al entrar el mundo se fragmenta o uno se mimetiza o uno se fuga, pero la luz al interior del Museo es tenue en contraste con el exterior, y poco a poco las pupilas se dilatan para mirar con detalle lo que sucede ahí dentro. Fotografías de aproximadamente 2×3 mts. impresas en papel de algodón y viradas al sepia (y uno comienza a sospechar). Fotografías de elefantes, elefantes con niños, niños con elefantes y el elemento principal, el hilo conductor, el mensaje, al menos para mí, el principal: el agua. Además de la iluminación y la estructura hecha con bambúes, debajo de las fotografías hay agua. Desgraciadamente el día que fui no estaba circulando el agua, estaba estancada y llena de burbujas, de las que una mujer comentó: “qué gente tan sucia, escupieron ahí dentro”; pero no, era agua muerta, tal cual. También hay música, creo que uno de los ejecutantes es Nuzrat Fateh Ali Kahn, pero no estoy seguro de ello.
Sólo hubo una fotografía que realmente me gustó por su composición y la simbología que después y por desgracia, será explicada en la película: una mujer dentro de un estanque tiene un libro abierto, al parecer ora. Enfrente de ella hay un elefante mojado, recostado en el estanque, parece negro, parece nube y las nubes del cielo se reflejan en el agua. Las demás imágenes se tratan de lo mismo. En fin, que la cosa comienza a volverse trillada, es un lenguaje que parece tartamudeo o mantra que termina por aburrir, por volverse gratuito por la cantidad de efectismos que el señor Gregory Colbert utiliza para conmover; porque la fórmula más sencilla para mover corazones y atraer público consiste en juntar animales, niños y música post new wave. Porque si bien es cierto que hay una necesidad espiritual y una carencia de fe, cualquiera que ofrezca una pizca de sensiblería, ganará un buen público.
Pero no todo es negativo en esta exposición, lo que más me llamó la atención fue el efecto en la gente, el fenómeno social, ese sí era para erizar los pelos y ponerse a pensar seriamente, primero, en uno como individuo y segundo, como parte de una comunidad que se llama Planeta Tierra. Y esto pasó en el largometraje que se proyecta en la nave principal del Museo. Una pantalla tipo cine, al fondo de un galerón que apenas cuenta con unos cilindros en los que el 10% del público se puede sentar. Pero estar de pie no impide entrar en trance y dejarse llevar por el ritmo hipnótico del largometraje que dura poco más de una hora. Una voz narra una historia pequeña de una princesa. Todo gira en torno a la vida, a la tierra y al espíritu. Lo malo de todo esto es que las imágenes de la primera galería se repiten en este largometraje y después se repetirán en la segunda galería, lo que hace que la gente pierda el interés. Pero me centraré de nuevo en el fenómeno de la congregación del público para observar un largometraje que lanza anzuelos y se fijan en la carencia. Al principio había mucho ruido, la gente llegaba, se acomodaba, querían estar más cerca, querían estar cómodos, pero poco a poco se fue haciendo el silencio. Miré a mi alrededor, yo estaba a mitad de la nave, miré hacia atrás y había mucha gente, algo impresionante, y todos en silencio, hasta los niños uniformados que iban en filas indias. Todos. Entré en conflicto, porque al tiempo que criticaba las soluciones visuales y ambientales del lugar, de los textos y demás, también obedecía a una cierta satisfacción, a un aletargamiento que se volvía catártico. El slow motion de las tomas, las caras escogidísimas de los niños, el obvio amaestramiento de los animales, todo para crear un show que pretende ser reflexivo, pero se aguanta precisamente por eso, por tanta gratuidad. El lugar era un templo al que todos asistimos para conversar con nosotros mismos. El lugar se volvió una cápsula de tiempo que nos llevó al futuro y nos vimos abandonados, desterrados de la tierra prometida, contemplando el testimonio de una cámara que evidencia la existencia de los animales que alguna vez habitaron el mundo. El lugar se volvió un útero, un huevo que nos protegía del exterior que nomás de pensarlo ya lastimaba. Y sí, la realidad es brutal, no dejaremos de ser humanos, de tener defectos y arruinarnos a nosotros mismos. Lo digo porque ya avanzada más de la mitad de la película, se suscitó un escándalo: una mujer gritó ¡ayúdenme!, un hombre gritó ¡seguridad, seguridad, seguridad! Y todo se estropeó, se fue al traste, el efecto hipnótico se rompió, la gente se arremolinaba, querían saber qué sucedía, entraban y salía personal de seguridad, pero lo hacían con pisadas fuertes, rompían todo con el eco de los tacones sobre la madera. Al final de cuentas de eso se trata el mundo, pareciera que hay un efecto de somnolencia como placebo, pero siempre llega la brutalidad, la pelea de dos mujeres por ganar un lugar, las guerras, el dinero, el poder, la publicidad, el marketing… Y es que al final de eso se trata. A la salida hay toda una sala específica en la que se venden souvenirs: posters, mouse pads, postales, agendas, reproducciones, catálogos y demás. ¿Interés o no? Merchandising o la autogestión del arte. Que yo sepa, el Museo Nómada es patrocinado por la marca de relojes más cara y exclusiva del mundo Rolex. ¿Entonces?, ¿quién me dice de qué se trata? ¿Debería creer? ¿En qué debería creer, en lo que a mí se me movió, en lo que pensé, en mi crítica, en el efectismo, en el souvenir?
A todo esto, vale la pena visitar la exposición Ashes and Snow del fotógrafo canadiense Gregory Colbert, con la colaboración arquitectónica del colombiano Simón Vélez, pero no con una venda en los ojos, hay que entrar para mirar, mirar bien y después preguntar, preguntarse, a ver si alguien me responde.
